La que me enseñó que los sueños también se persiguen a cuatro patas.
Yuri fue mi gran desafío, mi compañera de formación y aventuras. Con ella descubrí el trabajo de olfato, la búsqueda de personas y una nueva manera de comprender a las familias.
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Si Melón fue quien me mostró el camino, Sayuri fue quien me llevó a recorrerlo. Pero antes de convertirse en mi gran compañera de aventuras, me enseñó una de las lecciones más difíciles e importantes de mi vida.
Cuando llegó, me habían dicho que los pastores blancos suizos eran tranquilos, casi unas alfombras. Bueno… Yuri tenía otros planes.
Me comió la cama, el sillón, las paredes y las puertas. En la plaza armaba unos escándalos enormes porque no la dejaba ir a jugar con Melón. Tenía una energía que parecía no terminarse nunca y también sus propios miedos e inseguridades.
Hoy puedo recordar algunas de esas situaciones con una sonrisa, pero en aquel momento fueron meses realmente difíciles.
Trabajaba muchísimas horas y hacía todo lo que estaba a mi alcance para que mis perras estuvieran bien. Tenían paseador, salidas, actividades y atención. Probamos desde agility hasta ejercicios de habituación. Yo ya estaba estudiando adiestramiento y empezaba a aplicar lo que aprendía, pero los resultados no llegaban.
Recuerdo la angustia, el agotamiento y esa sensación de estar dando todo sin que fuera suficiente. Llegué a sentirme completamente desbordada, sin saber qué más hacer.
Hasta que, después de varios meses de trabajo, algo empezó a cambiar.
No fue una transformación repentina. Fueron señales pequeñas: una salida a la plaza sin escándalos, otra un poquito más tranquila, menos destrozos en casa. Cambios mínimos, pero constantes.
Y entonces comprendí que todo ese esfuerzo estaba empezando a dar frutos.
Incorporamos nuevas actividades, desafíos físicos y mentales, y una rutina más adecuada para sus necesidades. Poco a poco, empezamos a comprendernos mejor.
Yuri no se convirtió en una perra maravillosa porque dejara de hacer líos. Ya era maravillosa. Lo que cambió fue que aprendimos a entendernos.
Esa experiencia me permitió conocer de cerca la angustia que pueden sentir las familias cuando aman profundamente a su perro, pero no encuentran la manera de ayudarlo.
También me enseñó que cada perro tiene necesidades diferentes y que la constancia, el tiempo y el acompañamiento pueden abrir caminos que al principio parecen imposibles.
Y entonces empezó otra historia.
Yuri se convirtió en mi gran compañera de formación. Hizo conmigo el segundo año de la carrera, practicó obediencia, OCI y búsqueda de personas.
Fue gracias a ella que descubrí uno de los mundos que más me apasionan: el trabajo de olfato.
Me fascinó comprender cómo los perros interpretan los olores, resuelven problemas y utilizan capacidades que forman parte de su naturaleza. La búsqueda de personas abrió una puerta enorme en mi formación y sigue siendo una disciplina que disfruto profundamente.
Nuestros primeros pasos tampoco fueron sencillos. Cuando Yuri se estresaba, en lugar de buscar, me ofrecía todos los ejercicios de obediencia que conocía. Los primeros exámenes fueron un aprendizaje para las dos.
Pero cuando empezó a comprender el trabajo, descubrí una capacidad de aprendizaje, una sensibilidad y una disposición para colaborar que todavía hoy me llenan de orgullo.
Con Yuri rendimos exámenes de AUI e IRO, hicimos rastros, viajamos a Uruguay y Bariloche, recorrimos montañas y vivimos aventuras inolvidables.
Llegamos a caminar a más de 4.000 metros de altura, hasta que mi compañera, que siempre parecía tener energía infinita, me hizo saber que estaba cansada. También compartimos viajes larguísimos con Melón y descubrimos juntas lugares que nunca imaginé recorrer acompañada por mis perras.
Yuri es verdaderamente todo terreno. Es de esas perras que siempre están dispuestas a hacer, aprender, moverse y compartir una nueva aventura.
Hoy tiene diez años, aunque claramente nadie se lo avisó.
En Artemisa se cree una cachorra de dos: corre, juega, persigue a los más jóvenes y a veces se porta peor que ellos. Desde que vivimos acá parece haberse convertido en una pequeña loba salvaje, feliz de tener tanto espacio para explorar.
Es intensa, alegre, sensible, trabajadora y tiene una enorme disposición para acompañarme en todo lo que emprendemos.
Yuri me enseñó a tener paciencia cuando sentía que no podía más, a confiar en los pequeños avances y a descubrir hasta dónde podíamos llegar juntas.
Si Melón despertó mi vocación, Sayuri me ayudó a convertirla en aprendizajes, aventuras y sueños cumplidos. Es mi compañera de camino, mi pequeña loba y una de mis grandes maestras.